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¿El juego de ajedrez sirve para evangelizar? Pues sí



El ajedrez es un juego de tablero (64 cuadros, alternando blancos y negros) para dos personas, con 16 piezas para cada jugador, y en el que no hay un factor aleatorio, ya que descarta los dados o similares. Cada conjunto de piezas -uno blanco y otro negro- se compone de ocho peones, dos torres, dos caballos, dos alfiles, una dama (reina) y un rey. Cada tipo de pieza tiene características y movimientos específicos, contribuyendo a la gran complejidad estratégica del juego. El objetivo es dar jaque mate al rey del oponente, o sea, amenazarlo de forma que no haya defensa posible, terminando el partido en este tipo de posición. Las blancas siempre inician la partida, y las jugadas se alternan entre los competidores, sin que exista un límite en el número de estas.

En pocas palabras, el ajedrez es entendido como un juego porque requiere habilidad, como ciencia por la necesidad de cálculos, y como arte por la creatividad, la imaginación y el sentido estético que el desarrollo de las posiciones en el tablero puede proporcionar para el intelecto y la sensibilidad. El “rey de los juegos y el juego de los reyes”, por su profundidad (y en la antigüedad por ser más conocido y apreciado por la nobleza) ofrece aún muchas posibilidades de analogías con numerosas situaciones de la vida, sacándose de esto su valor educativo. Es fuente de inspiración para diferentes manifestaciones artísticas, como la pintura, la escultura, la literatura, el teatro e incluso el cine (“El Séptimo Sello”, de Ingmar Bergman, es una referencia esencial). De hecho, desde las premisas del juego es posible desarrollar temas de cuño filosófico, sociológico y del comportamiento humano, especialmente para la psicología (cf. Dextreit; Engel, 1981). Sin pretensión de enumerarlas exhaustivamente, es importante comentar algunas de estas características del juego.

Una de las notables particularidades del ajedrez es, precisamente, el hecho de que no incluye el factor de la suerte, como en muchos otros juegos. Cada jugador, por tanto, es totalmente responsable por cada movimiento que elige para sus piezas. Esto implica, por un lado, una absoluta libertad de elección –a excepción de las limitaciones impuestas por las reglas— y por otro la responsabilidad por las acciones elegidas, ya sean buenas o malas las consecuencias. La necesidad de seguir reglas es también un factor muy relevante, pues condiciona el comportamiento honesto ante parámetros reconocidos y aceptados universalmente. Ambos aspectos hablan mucho de las condiciones de la vida humana, explayando horizontes para muchas reflexiones. La característica de la individualidad también es resaltada, y cada jugador tiene su estilo propio e inimitable, que valora a la persona como única e irrepetible. Al mismo tiempo, se puede jugar por equipos –cada jugador en un equipo enfrentando otro del equipo contrario— y en este sentido se desarrolla también la noción de cooperación mutua, ya que el resultado de una partida afecta el resultado general, manteniéndose sin embargo la importancia individual.

El ajedrez y la Evangelización

Las consecuencias éticas relacionadas con el ajedrez remiten a valores que pueden ser aprovechados también en la Evangelización. Algunos enfoques en este sentido son, por ejemplo, además de las ya mencionadas libertad, responsabilidad personal en las decisiones, etc., la noción de claridad de un objetivo final – un fin último, que, para ser beneficioso, hay que perseguir con empeño y perseverancia; la idea de que el aspecto material no es el más importante, pero que el sacrificio del material es a menudo la condición para lograr la victoria (la entrega de piezas en numerosas situaciones, aunque deja al jugador en desventaja de material, permite la obtención de una posición ganadora);el valor relativo de las piezas –la Reina, debido a su mayor movilidad, es la más valiosa, pero dependiendo de la posición en el tablero puede ser menos importante que un peón, la pieza de menor valor absoluto. De ahí, se tiene la comprensión de que el valor absoluto de los bienes materiales es algo falso (una referencia a esto se hace explícita en el valor del óbolo de la viuda y lo de la oferta de los fariseos, cf. Mc 12, 41-44; Lc 21, 1-4). Al mismo tiempo, hay una sola pieza que no puede ser sacrificada –el Rey—, ya que es alrededor de él que se desarrolla el juego: por lo tanto, hay valores que no son negociables, independientemente de la situación, una fuerte analogía con lo que no puede ser jamás sacrificado en términos religiosos, es decir, el alma, cuya victoria espiritual es el centro de la vida humana.

Otro enfoque interesante es la del peón que, a pesar de que tiene el valor más pequeño, es el único que puede, si llegar al otro extremo del tablero, ser promovido a una pieza de mayor valor: también el ser humano, si llega correctamente al final de su peregrinar en esta vida, recibe como premio la participación en la naturaleza divina. En fin, muchas analogías son posibles y presentan, bajo la forma lúdica del juego, valiosas enseñanzas en el ámbito religioso. Además, actitudes concretas ante los demás competidores, como el necesario reconocimiento de su valor individual, independientemente de su apariencia, edad, condición social, etc. llevan a la reflexión sobre el valor intrínseco de cada ser humano y de dónde viene, en última instancia, este valor, remitiendo a la igual dignidad de todos los seres humanos como hijos de Dios y la valoración de sus características únicas.

Estos ejemplos ilustran de forma simplificada la potencialidad del juego de ajedrez también en el ámbito religioso. Se trata, así, de una valiosa herramienta para la evangelización de la cultura, como deseada y alentada por los últimos Papas, especialmente a partir de San Juan Pablo II (él mismo un gran jugador de ajedrez, incluso llegando a desarrollar una variante de apertura que lleva su nombre). En fin, con propiedad, se puede decir que “El ajedrez, que reúne orgánicamente elementos artísticos, científicos y deportivos, a lo largo de los siglos constituyó parte inalienable de la cultura y de la civilización mundial” (Isaac Linder, historiador con grado de la Universidad de Moscú, escritor y experto en la historia del ajedrez).


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