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Un amor más fuerte que el sida: vivencias de un misionero



Gabriele Foti es un sacerdote misionero en Nairobi, Kenia, que cuenta sus experiencias en la web de la Fraternidad San Carlos, fundada como sociedad misionera en Italia en 1985. Cuenta la historia de un amor más fuerte que el SIDA, experiencias africanas de bautismos y matrimonios, de barro y estrellas (y una oveja a la parrilla). Este es su testimonio.

M. es una mujer del Meeting Point, el grupo que acoge enfermos de SIDA en Kahawa Sukary. La bauticé hace dos años. Vende verdura en la esquina de la calle.

Ella misma me contó, el año pasado, su encuentro con T., que ahora es su marido. Un día él fue a hacer la compra en su puesto. Volvió al día siguiente. Y al siguiente, y al siguiente.

En un determinado momento él le dijo que quería conocerla más profundamente. Lo primero que ella le dijo claramente fue: «Soy católica, estoy bautizada; así, si tu intención es estar conmigo, tienes que ir a hacer el curso en la iglesia, te tienes que bautizar y después nos casamos por la iglesia. Yo, ahora, no me voy a convivir contigo».

Por lo que él se inscribió en el curso. Cuando empecé el ciclo de encuentros, yo no sabía que él era el prometido de M.

Participó en los encuentros con fidelidad durante dos años, empezó a ir a misa y ahora es miembro activo de su pequeña comunidad cristiana. Y por fin, en Pascua de este año, T. recibió el bautismo. Y luego iniciaron la preparación al matrimonio.

Hace poco que se han casado. Don Alfonso les regaló los anillos, yo la tarta nupcial (de cuatro pisos, muy merecida).

Los amigos del Meeting Point prepararon una fiesta estupenda y cocinaron para todos.

A quien preguntaba al marido si era consciente de que habría contraído el SIDA, él respondía: «Si ella puede vivir así, también yo puedo hacerlo».

La  ceremonia fue sencilla y emotiva, como también las danzas que vinieron a continuación y que duraron mucho tiempo, celebrando un hecho de fe que, también aquí en Kenia, es excepcional.

Lo que cuesta un bautizo

De un matrimonio a un bautismo. Una querida amiga mía, estudiante de Nairobi, ha tenido una niña preciosa. Me pidió que fuera a su casa, en su aldea, para bautizar a su hija, porque era imposible que sus padres, ya ancianos, fueran a Nairobi.

Así que reuní a algunos estudiantes del Clu [Comunión y Liberación universitarios, n.d.r.] y a algunos colegas de la joven y nos preparamos para partir.

Una bonita carretera asfaltada nos llevó hasta Gilgil, a unas dos horas y media de nuestra casa. Pero a partir de aquí empezaron los problemas… Tuvimos que recorrer una hora de carretera sin asfaltar para llegar a la iglesia.

Si llueve, es imposible ni siquiera pensar en pasar. Si no llueve, con un poco de habilidad en la conducción y la ayuda del ángel de la guarda, es posible llegar.

Sin embargo, no todos los chicos tenían sitio en mi coche, que puede llevar "sólo" a doce personas, por lo que alquilamos para los otros diez estudiantes un minibus, increíblemente lento…Durante el viaje la policía lo paró varias veces.

A esto hay que añadir el hecho de que el conductor se equivocó de ruta. En resumen, entre baches, desviaciones y puestos de control llegamos a la iglesia con una hora y media de retraso.

Me sentía en culpa por la joven, los familiares y todos los habitantes que participaban en la celebración. Sin embargo, cuando llegamos la iglesia aún estaba cerrada. La muchacha acababa de llegar, sola, y estaba esperando a sus familiares y amigos.

Al cabo de un rato llegó el sacristán, luego alguna persona más. Mientras tanto nosotros ensayamos las canciones, las lecturas, las partes de la celebración del bautismo.

Una hora y media después de nuestra llegada, es decir, tres horas después del horario fijado para la ceremonia, empezó la misa. Bonita y con mucha participación.

Después, todos a casa de los padres. Otra media hora de carretera para llegar a una zona perdida de Kenia, donde la familia posee una granja. Festejamos todos juntos. Después de la fiesta, el segundo minibus volvió a Nairobi.

Frío en África y oveja a la parrilla

Yo me quedé con algunos jóvenes. Pasamos la tarde cantando y jugando. Llegó la noche y con ella una lluvia torrencial. Al no haber corriente eléctrica, nos reunimos en una habitación de la granja, con una vela, una estufa (a dos mil metros, en la estación de las lluvias, hace realmente frío) y empezamos a cantar de nuevo.

El padre de la joven, en un determinado momento, me llamó para que saliera. Había dejado de llover. Una mar de estrellas se extendía sobre nosotros, tan claras que es difícil verlas así en otros lugares. Bajo nuestros pies, un lago de barro nos llegaba a los tobillos. Me llevó al establo y me dijo que, en agradecimiento, me regalaba  una oveja. Al cabo de un rato la había colocado, más o menos entera, encima del fuego…

Cuatro horas más tarde, todo estaba listo. Cenamos y después todos a dormir, en camas improvisadas. A mí me dieron una cama en una parte del establo, con enormes corrientes de aire entre las paredes y el techo. ¡Era como dormir a cielo descubierto!

A la mañana siguiente fuimos todos al río a buscar agua con cubos (no hay agua corriente en la casa), para lavarnos y para cocinar.

Por último, de nuevo la celebración de la misa en la iglesia local (ven al sacerdote una vez al mes, o dos, por lo que me pidieron que celebrara de nuevo). Pensando que habríamos empezado con el retraso habitual, me lo tomé con calma y llegué con media hora de retraso respecto a la hora establecida.

Pero esta vez le habían dicho a la gente que la misa empezaba dos horas antes, por lo que encontré la iglesia abarrotada de niños y ancianos. De hecho, muchas personas abandonan la ciudad al llegar a una cierta edad y vuelven a su lugar de origen. Y las familias de la ciudad les confían sus pequeños.

Después de una preciosa misa que duró algunas horas, lingüísticamente enriquecida por mi kiswahili (ancla de abordaje) y su idioma kikuyu, saludamos a todos y dejamos este lugar verdaderamente hermoso y estimulante para quien viene de la ciudad o, como yo, de Europa.


http://www.aleteia.org/

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