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El gran reto del cristiano: la vida real



El cristianismo está en la calle
Ser cristiano en el día a día
Ser cristiano en la vida real
Valores cristianos para la vida real


Desde hace décadas se viene empleando  el término valores en sustitución de la palabra virtudes que son, en la literatura tradicional cristiana, la adquisición de hábitos positivos, en contraposición a los malos hábitos que son los vicios o defectos. Todos los auténticos valores de la cultura actual son valores cristianos.

El elenco de valores humanos es muy grande, es decir, la persona puede embellecerse con muchas joyas que completan y enriquecen el carácter y la personalidad. Para facilitar el estudio de los valores se suelen clasificar de la siguiente manera:

⋄ Virtudes teologales: que hacen referencia a Dios y son sus dones: fe, esperanza y caridad.

⋄ Virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza

En torno a estas cuatro grandes virtudes se agrupan todo el enorme elenco de valores humanos que embellecen a cada persona: alegría, amabilidad, afabilidad, simpatía, empatía, comunicabilidad, buen humor, valentía, sinceridad, autenticidad, veracidad, paciencia,  laboriosidad, pureza, sobriedad, generosidad, magnanimidad y un muy largo y atractivo etc.

No en vano el hombre es imagen y semejanza de Dios y, por tanto, su alma tiene la semilla de toda la bondad y belleza divina.

El cristiano en esta carrera por adquirir valores juega con ventaja porque cuenta con la ayuda de la gracia de Dios para combatir los defectos y adquirir virtudes. En principio, por tanto, el cristiano coherente, el que lucha por la santidad, debería ser líder en su entorno familiar, profesional y social, por los valores que deben enriquecer su personalidad.

El verdadero terreno de juego del cristiano no es la parroquia, sino la calle, la vida real. A la parroquia va a buscar la ayuda y la gracia necesaria para cristianizar lo cotidiano y su entorno inmediato. Esa es la actitud de ¨salir¨ de la que nos habla el Papa Francisco. Se podría decir que no tenemos que ¨salir¨ porque ya estábamos fuera, intentando ser ¨sal y luz¨.

Desde que se levanta hasta que se acuesta, un cristiano tiene un panorama enorme para enriquecer su persona y embellecer su entorno. Casi sin darse cuenta tiene la oportunidad de desplegar el arsenal de valores a aplicar en cada uno de las pequeñas acciones y decisiones que se toman cada día.

Levantarse puntualmente es la primera victoria contra la pereza, darle gracias a Dios por el nuevo día que nos regala y ofrecerle esa página en blanco que hay que rellenar, adoptar una actitud optimista ante el panorama que se presenta de problemas económicos y profesionales o de trabajo rutinario poco atractivo, ser afable y cordial en esos primeros momentos del día, con sueño, los desayunos, los uniformes, las mochilas, las prisas por salir a tiempo para llegar al trabajo y a los colegios.

El tráfico y los tapones son una ocasión excepcional de ejercitar la paciencia y la amabilidad. Aceptar con buena cara el comentario crítico del jefe porque has llegado con retraso o por algo que quedó pendiente ayer, la sonrisa amable ante los comentarios del compañero cargante o inoportuno,  el comentario crítico o chistoso que se te ocurre y te aguantas para no ofender y molestar. Pedirle ayuda a Dios porque tienes que hablar con un cliente importante o asistir a una reunión en la que te juegas mucho. Darle gracias cuando las gestiones salen bien. Reaccionar positivamente cuando salen mal.

Si no haces eco a una murmuración contra un colega,  un amigo, un familiar o un vecino, estás viviendo la justicia.

Y si comes algo que no te gusta sin quejarte, si tomas una copa de menos en lugar de una copa de más, estás viviendo la sobriedad, dentro del grupo de la templanza.

Cuando llegas a casa, ya cansado y necesitando, aunque sea solamente quince minutos de respiro y los niños, o los menos niños, no te dejan ni una pista de aterrizaje. Y lo pasas por alto.

Y si no puedes ver el programa de tv que te interesaba y “cedes el paso” a otros.

Si todas esas pequeñas batallas, que desgastan, las has vivido con cara alegre y sonriente, es para nota.

Bueno, si al terminar el día te has comportado así, yo te felicito porque eres un cristiano coherente, esa es la lucha por la santidad, no es de otra manera, te lo aseguro.

Solamente te falta la guinda final: el acabado de la sencillez. Cuando el Papa Francisco dice que no hay que ser héroes, sino hacer actos humildes, seguramente se refiere a eso. La vida de cada día está llena de esos actos humildes, realizados con sencillez, que no destacan, no llaman la atención pero, son un verdadero despliegue de valores humanos.

Así es como se cristianiza la sociedad entera, desde dentro.


http://www.aleteia.org/

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