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“UN TABERNÁCULO MÁS, Y UN SANTO SACRIFICIO MÁS CADA DÍA”
Ushetu, Tanzania, 2 de noviembre de 2015. A veces pienso que el trabajo del misionero no es bien comprendido. Debe ser porque es parte de un misterio. Porque parte también de la Eucaristía, el sacerdote misionero, participa de ese “misterio de la fe". Para algunos, el misionero debe “hacer cosas"… sobre todo en la consideración mundo. Parece que el misionero vale en cuanto hace más cosas, cosas visibles, obras, preferentemente obras sociales. Cuando alguien me ha preguntado qué hago en África, le respondo que soy misionero. Sí, pero ¿qué haces? Eso, soy misionero, y como Cristo les mandó a los primeros misioneros, predico el evangelio. A veces se han quedado mirando con un poco de decepción… Y claro, desde el punto de vista de la fe, solamente, se puede entender nuestra vida entregada solo a eso, a predicar el evangelio.

Hoy pensaba en esto porque como saben, en el día de Todos los Difuntos, los sacerdotes rezamos tres Misas para pedir por las almas del purgatorio. Celebré la primera Misa en la Iglesia, con participación del pueblo, aunque no muchos. Pienso que por varias razones eran pocos hoy, entre ellas, que ha comenzado el tiempo de lluvias y todo el mundo va a trabajar al campo, además que justo hoy en la hora de comenzar la Misa estaba lloviendo, y finalmente que es un día de semana, un día normal de clases en la escuela, etc.. De todos modos, hubo algo de gente, y luego de la celebración de la Misa fuimos al cementerio de la parroquia a bendecir los sepulcros. Pero a media mañana recé dos Misas más en un oratorio privado, yo sólo. Es verdad que lo mejor es buscar de celebrar con pueblo, pero estaba un poco complicado, y no quería dejar de celebrarlas.

Y pensaba que al estar allí en la soledad de la Misa, donde se escuchaba el silencio, y donde pude estar rezando un buen rato… ¡Soy misionero! Estando allí soy misionero en África, y estoy haciendo lo más importante que un misionero en África puede hacer, y es hacer presente a Cristo en la Eucaristía, justamente en éste lugar, y no en otro. Ese es mi deber, y Dios me trajo aquí para esto. Recordaba las palabras del Beato Charles de Foucauld, a quien les he citado hace poco, que se consideraba feliz de poder estar en medio del desierto del Sahara, porque si él no estaba, no habría Misas en ése lugar, y Cristo no estaría presente en la Eucaristía… en medio de una vasta extensión. Le escribía al que era el encargado de la delegación eclesiástica en el Sahara: “La finalidad es (…) sobre todo, santificar los pueblos infieles, llevando en medio de ellos a Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, como María santificó la casa de Juan Bautista, llevando a ella a Jesús. (…) Me permito agregar muy humildemente que la presencia en el Sahara de este indigno servidor suyo, aunque sea muy miserable, probablemente salvará varias almas que, de otro modo, morirían sin sacramentos, y que dará a su delegación un tabernáculo más, y un Santo Sacrificio más cada día". Le sucedió también en una ocasión, que al llegar a un oasis, hacer campamento y celebrar la Santa Misa, se emocionó pensando que: “Es probable que ningún sacerdote haya llegado todavía aquí. Me siento profundamente emocionado al hacer venir a Jesús a estos lugares donde, sin duda alguna, no ha estado nunca corporalmente", y él lo hacía presente sacramentalmente.

Tampoco hay que pensar en que se debe elegir entre predicar el evangelio o hacer obras de misericordia, no. Hay que hacer una cosa sin descuidar la otra, y tener obras de misericordia debe ser un modo de predicar el evangelio con las obras. También lo entendía así el misionero del Sahara, quien todo el tiempo daba de sus cosas con generosidad, daba limosnas, rescataba esclavos, y deseaba construir escuelas y hospitales. Pero siempre dio prioridad a lo más importante. Como también lo hacía la Beata Teresa de Calcuta, que recordaba que las fuerzas para todo el trabajo que hacían las Misioneras de la Caridad, provenía de esas dos horas de oración ante el Santísimo Sacramento, y que toda la atención a los pobres y enfermos no lo hacían por ningún motivo puramente humano.

A muchas buenas personas les llama la atención que el trabajo que podamos hacer en esta misión sea “tan sólo” atender una parroquia. O mejor dicho, no llama la atención el trabajo de celebrar Misas en aldeas lejanas, procurar los sacramentos a todos los que lo necesitan, confesar durante horas, buscar de formar mejor a los catequistas, procurar que crezca el amor al Sagrado Corazón, a la Eucaristía, a la Virgen. Desear que la gente aprenda a rezar mejor, hablar con Jesús en su corazón, leer la Biblia con fruto. No llama la atención ante el mundo que día a día un sacerdote celebre la Misa, confiese y administre los sacramentos.

Como misioneros, también soñamos con escuelas, orfanatos y hogares para discapacitados. Pero sabemos que todo eso será en orden a atender a Cristo en los pobres, y salvar las almas de la mayor cantidad posible de personas, al ver el testimonio de vida cristiana, nuestra fe expresada en obras.

¡Este es el misterio de la fe! El misterio de la vida misionera, unida a Cristo Eucaristía, que pasa desapercibida a los ojos del mundo, pero no a los ojos de Dios.

“Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda creatura. El que creyere y se bautice, se salvará, mas el que no creyere se condenará" (Mc. 16,15-16).

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.


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