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¿SE PUEDE SER CRISTIANO Y A LA VEZ INTOLERANTE O VIOLENTO?
Por qué algunos consideran el cristianismo como extremista
JUSTIN MCCLAIN
Si eres de los se toman en serio su fe en Jesucristo y se esfuerzan por ser devoto o devota del Señor, habrás observado, aunque sea en incidentes aislados, que profesar tu fe cristiana, al margen de lo benigno de la situación, a menudo es una expresión personal poco o mal recibida en nuestro mundo del siglo XXI.

En relación al tema, el pasado febrero, el escritor de la editorial Ignatius Press Carl E. Olson escribió un artículo para el periódicoCatholic World Report titulado Nuevo estudio: un creciente número de estadounidenses consideran el cristianismo como “extremista”.

¿Es acertada esta valoración de los estadounidenses? ¿La corriente principal de cristianismo fomenta de forma inherente el extremismo o la intolerancia hacia otras formas de fe y, por extensión, fomenta la violencia?

¿Es posible que un cristiano cometa un acto de pura violencia y lo justifique en el nombre de Dios? Para ser breves: no.

Si lees los Evangelios, desde el primer capítulo de Mateo hasta el capítulo 21 de Juan, en ninguno de esos 89 capítulos encontrarás la más mínima circunstancia por la que Jesús haga un llamamiento a la violencia (algunos mencionan Mateo 10:34-36, con su paralelo en Lucas 12:51-53, pero ciertamente debe ser evaluado y valorado en base al contexto, porque la intención es bien discernible).

¿Que algunos han cometido actos de violencia en Su nombre? Por desgracia sí. No obstante, obraron de forma antitética a lo que dicta el Evangelio.

Después de todo, tal y como afirmaba tan rotundamente Jesús: “No todos los que dicen: ‘Señor, Señor’, entrarán en el reino de los cielos, sino solamente los que hacen la voluntad de mi Padre celestial. Aquel día muchos me dirán: ‘Señor, Señor, nosotros comunicamos mensajes en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros’. Pero entonces les contestaré: ‘Nunca los conocí; ¡aléjense de mí, malhechores!’” (Mateo 7:21-23).

Más tarde en su ministerio, incluso en mitad de su Pasión, Jesús nos recordó con su célebre frase: “Guarda tu espada en su lugar. Porque todos los que pelean con la espada, también a espada morirán” (Mateo 26:52).

Por supuesto, Jesús no se amedrentaba a la hora de decir de qué forma estamos llamados a vivir (también hoy día) unas vidas justas, y proclama múltiples verdades en relación a la moral en un marco de amor que, en ocasiones, nos resulta un verdadero desafío –a todos– siquiera escucharlo; ni que decir aceptarlo, mucho menos asimilarlo inmediatamente.

De este modo, nos llama a todos por igual a que nos arrepintamos a la luz de nuestros pecados, que nos separan de su constante gracia…

Y es que en última instancia, Él es el Príncipe de la Paz: “Porque nos ha nacido un niño, Dios nos ha dado un hijo, al cual se le ha concedido el poder de gobernar. Y le darán estos nombres: Admirable en sus planes, Dios invencible, Padre eterno, Príncipe de la Paz” (Isaías 9:6).

Aunque es cierto –y siempre lamentable– que hay personas que han recurrido a la violencia en el nombre de ciertas religiones (podría estar el día entero dando cifras objetivas, circunstancias y otros detalles de entre toda la diversidad de tradiciones de fe), debemos continuar recordando cuantísimas más personas han elegido enarbolar la paz en nombre de esas mismas religiones.

En otras palabras, por cada persona que ha cometido un acto perverso en nombre de la fe, hay multitudes más de personas cuyas convicciones religiosas les han disuadido de actuar maliciosamente, manteniendo la tolerancia por el bien de la humanidad entre sus referentes a la hora de tomar decisiones.

La ingente cantidad en este último caso es, por fortuna, realmente asombrosa.

¿Cuál es la respuesta cristiana al mal y a la violencia entre nosotros? ¿Qué pueden hacer los cristianos cuando se acusa ampliamente al cristianismo de una calamidad, aunque no haya conexión –directa o indirecta– con ningún cristiano o cristiana que apoye dicho pecado? En pocas palabras, el discípulo de Cristo está llamado a continuar siendo diferente del mundo. ¿Cuál es la respuesta cristiana? La piadosa paz del amor y el devoto amor de la paz.

“La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo” (Juan 14:27).


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