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TOMAR LA CRUZ DE CADA DÍA
P. Roberto Luján
En la lectura del profeta Zacarías, Dios promete enviar sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de piedad y de compasión. Si Jerusalén es figura de la Iglesia y se le llama “madre de todos los pueblos”, podremos entender que esa promesa es para todo hombre y podríamos insistirle al Señor para que derrame con abundancia ese Espíritu, en un tiempo en que los hombres han forrado sus corazones de odio y han cerrado sus entrañas a la piedad. Oímos de tantos secuestros, torturas, amenazas, extorsiones, asesinatos, robos, que no nos queda sino esperar que como un río abundante el Espíritu de compasión riegue el mundo entero y todos vuelvan sus ojos hacia Dios, “a quien traspasaron con la lanza”, es decir, a Jesús, que desde la cruz derramó su sangre y agua al ser traspasado por la lanza del centurión. Esa sangre y agua deberíamos dejarla correr como una fuente sobre los corazones y sobre todo el mundo para que desaparezca la impiedad y todos vuelvan a Dios. Piedad no sólo es sinónimo de compasión sino que es un sentimiento religioso por el que nos atamos fuertemente a Dios.

Una persona piadosa es aquella que tiene a Dios en su corazón y cumple sus mandatos, está revestida de Cristo, como dice la carta a los Gálatas, donde se nos recuerda que por el bautismo hemos sido hechos hijos de Dios y nos hemos “revestido” de Cristo, es decir, podríamos decir que nos hemos revestido de compasión y piedad para que en nuestra vida reflejemos a Cristo en nuestras actitudes, palabras, acciones, intenciones y pensamientos. Reflexionemos tan solo por ejemplo si nuestras palabras son como las de Cristo, o si hablamos con disparates, groserías, morbosidad, doble sentido. Así no hablaba Cristo. Él hablaba y sigue hablando con verdad y ternura, con franqueza y amabilidad. Hagamos nosotros otro tanto aunque nos cueste sacrificio a veces el negarnos a nosotros mismos para seguir la cruz de Cristo, pues ése es precisamente el tema del Evangelio.

Cristo hace una pequeña encuesta, quiere saber qué es lo que piensa la gente de él. Los apóstoles le dicen que la gente lo tiene como un gran profeta. Es correcto, Cristo es profeta, pero es más que eso. La percepción que la gente tiene de Jesús es cierta pero insuficiente. Entonces pregunta a los cercanos, a sus discípulos, “y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?” y Pedro responde: “el Mesías de Dios”. Mesías, que en griego se dice Cristo y que significa ungido, revestido del Espíritu Santo para una misión. Jesús es el Mesías, pero para que los discípulos no se hagan falsas ilusiones de un Mesías triunfante en lo material, Jesús dice muy claramente que el Mesías querido por Dios tiene que pasar por el sufrimiento y la humillación para llevar a culmen su misión de salvar a los hombres. Algo que les parece extraño a los apóstoles pero que ya había sido anunciado por los profetas, en especial por Isaías y el mismo Zacarías de la primera lectura. No sólo eso, así como el Ungido tiene que pasar por tribulaciones, así cada cristiano, que también es un ungido por el Espíritu Santo, tiene que tomar su cruz de cada día. No sólo la cruz final de la muerte sino aquella cruz cotidiana que se traduce en los pequeños o grandes sacrificios que hacemos cada día. Los padres que se levantan temprano para trabajar y alistar a sus hijos a la escuela, el empleo rutinario, las personas exigentes e ingratas, las enfermedades que disminuyen nuestras capacidades físicas, mentales o emocionales, y un largo etcétera, pues cada quien sabe qué cruz diaria debe cargar. Pidámosle al Señor que nos dé fortaleza para cargar nuestra cruz y sobre todo que nos permita identificarnos con Él, que cargó sobre sí la cruz de nuestros pecados y nos haga ligera y dulce nuestra carga. Amén.

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